lunes, 22 de agosto de 2011

Algo en el aire


Algo en el aire hacía que mi corazón latiese rápido. Me es difícil explicar la sensación. El aire estaba frío, pero no lo registraba de esa manera. Era como si un viento tibio formado por luces como estrellas me rodeara. Percibía que mil hadas, o chispas luminosas pero invisibles al ojo común, jugaban, revoloteaban, como si quisieran llevarme a alguna parte, indicándome una dirección con sus movimientos. Sin embargo, mientras más me obstinaba en verlas o escucharlas, más silencio había a mi alrededor, quebrado sólo por los sonidos habituales de la noche, los grillos, los autos que pasaban por las calles maltratadas.
            Pero en el momento en que un leve escalofrío recorría mi espalda, lograba vislumbrar algunas de ellas por una fracción de segundo.
            Estaba afuera, en el patio de mi casa, y comenzaba a excitarme. Mi corazón latía con más fuerza. Garabateaba palabras en mi libreta cuando podía y donde podía, ya que la luz escaseaba mucho. A veces lo hacía siguiendo mi instinto y visualizando las líneas en mi cabeza. Transfiero aquellas anotaciones, textuales, para reflejar fielmente mis sensaciones en el momento:

Hace frío y mi mente no lo siente; pero sí mi cuerpo, demostrándolo con  las breves sacudidas.
            Escucho algunas hojas secas quebrarse suavemente bajo mis pies. Son hojas de paraíso, amarillas a la luz, y claras a la oscuridad. Las piedras están dispersas al azar en el patio, pequeño y grande, según el tamaño del cuerpo que tenga uno.
            Veo repentinamente el movimiento de las figuras blancas detrás de los árboles. Se ocultan en cuanto miro fijamente. En el aire lo presentía. Ellas aparecen.
            Hadas, o lo que sea, me observan silenciosamente y con curiosidad y no se dejan ver.

            Cuando me acerqué al tronco del árbol del paraíso me asusté. Contemplaba la iluminada oscuridad del cielo traspasado por decenas de ramitas. La copa proyectaba sobre el pasto un halo tan intenso y tenebroso que era sencillo imaginar las raíces moviéndose sutilmente para atraparme, sin que me percatara de ello. Fue la razón por la que me alejé y me acuclillé a unos metros de distancia. Allí estuve un rato, en los lindes de la sombra, mirando fijo a algún punto cualquiera. Formas blancuzcas germinaban en los confines de mi campo de visión. Apariencias retorcidas, radiales, arremolinadas dominaban cada vez más el espacio de mi mirada y dejaban libre sólo el punto central de color gris oscuro.
            Me dejé caer hacia el costado frotándome los tobillos adoloridos. Mi mejilla izquierda se apoyaba sobre el césped y las hojas amarillas. Esperaba ansiosamente que apareciera algo en ese momento, pero nada ocurría.

            ¿Qué día es hoy? Es extraño. No es común que sienta estas cosas. Síntomas de la sensibilidad del  alma o de la locura. Tal vez mi imaginación desbordada acaso por mi deseo de presenciar cosas sobrenaturales.
           
Dejé caer el cuadernillo a un costado. Jugueteé un rato con la lapicera entre mis dedos; luego, por un mero capricho, la arrojé despreocupado sobre el pasto.
La lapicera se sumergió en la sombra densa; y que curioso resultan a veces los efectos lumínicos de la reflexión; ¿cómo era posible que un fulgor de procedencia ignota encontrara respaldo en una superficie plástica ahogada en silente negrura? Creí estar tranquilo observando el fenómeno, hasta que un escalofrío asaltó mi cuerpo y recorrió mi espalda una y otra vez.
Dejé que mis reflejos avasallaran a mi ánimo indagador y me alejé de un salto del césped del patio. Desde la mitad del piso de baldosas que se extendía entre el jardín y la puerta trasera de la casa, miré la lapicera con atención. No vi el brillo. Comencé a caminar en círculos pequeños mientras me frotaba el cuero cabelludo con las manos. Divisé de soslayo la libreta, levemente iluminada por los reflejos nocturnos, y me pareció que se movía. La observé con detenimiento. ¡Se había deslizado al menos 20 centímetros!
            Entré corriendo a la casa y encendí todas las luces que encontré en mi camino. Prendí la televisión y la dejé en dibujos animados y con volumen alto. Después miré por la ventana que da al patio. Pude ver el destello en el cuaderno, pero éste parecía ya nuevamente inanimado. ¿O era quizá una piedra?
Di algunas vueltas nerviosas alrededor de la mesa; cada vez que pasaba frente a la ventana ojeaba la penumbra con mis pensamientos arrebatados por los demonios.
            Finalmente se asentó una resolución en mi cabeza y, cargando el pecho de coraje,  abrí la puerta del patio. Me acerqué lentamente a mi libreta sin que alguna sombra me aferrara. La examiné con cuidado y luego la tomé. Otee el grueso manto de negrura que irradiaba el paraíso en busca de mi lapicera, que estaba tan inanimada como siempre. Adentrarme allí requería apartar de mis ojos imágenes vertiginosas de vacío (un vacío lleno de cosas acechantes); para ello debía acudir a una fuerte voluntad o a la insensatez absurda, y ésta última opción me pareció más sencilla. En realidad la determinación estuvo libre de especulaciones previas, y sólo di dos pasos tembleques y la tomé. Luego, velozmente, me volví hacia la puerta.
Fue en ese momento, cuando franqueaba apremiante el patio, que mi arrebato de paranoia se elevó a niveles en los que se transforma en un peligro real; sentí que desde atrás me tironeaban fuertemente de la ropa. Con un gimoteo, desesperado, abrí aquella puerta y entré sacudiéndome con diez mil escalofríos lo que se me había echado encima.
            Pero no había nada.
            Me encerré en mi dormitorio y arrastré mi turbación el resto de  la noche, mirando enloquecido todos los objetos inanimados, aberrantes en mi desvarío; mi libreta y mi lapicera.

Ha comenzado a amanecer y he tomado mi libreta de nuevo. No puedo de ninguna manera describir los fantasmas que mi mente aturdida presenció en la noche; los horrores que padecí y que no podré olvidar. Veo la luz del nuevo día entrar por mi ventana y pienso en un Dios Salvador. Imagino coros de ángeles entonando canciones de gloria. La luz venciendo sobre la oscuridad, los rayos benefactores del sol quemando a todos los demonios. Siento paz.
Sin embargo ellos pueden volver. Mientras la Tierra siga girando sobre su eje no habrá tranquilidad en la noche. Con el amanecer he podido escribir mi experiencia con la misma lapicera y libreta con la que comencé este intento de relato. Me pareció adecuado hacerlo así ahora. Pero no sé que pensaré cuando oscurezca.
Una última reflexión me asalta y debo expresarla: ¿Fue realmente tan malo? ¿Desaproveché tal vez una ocasión única de vislumbrar una certeza vedada a las personas comunes? ¿Habrán sido mis absurdos temores a lo desconocido los culpables de perder la chance de comprender lo que verdaderamente sucedía? ¿Me habré perdido de algo único e irrepetible que cambiaría para bien mi vida?
Ahora veo al joven día en forma diferente. No como un divino canto a la gloria, al triunfo final del bien sobre el mal, sino como el regreso a una vida aburrida y monótona, llena de una realidad insabora . Me siento apesadumbrado.
Pero quizás no sea mi última oportunidad. Esta noche volveré a estar allí, solo, en el patio. Y si no ocurre nada estaré en la siguiente y la siguiente, hasta que vuelva a sentir el viento de estrellas, las hadas revoloteando alrededor, con mi lapicera y mi libreta, y esta vez no huiré.
NO HUIRÉ…
…Eso espero.

Mi vida rutinaria es mi habitación en una noche tranquila de verano. Hay viento adentro y estática afuera. Sólo quiero salir cuando afuera haya tormenta. Pero en este momento me pregunto: Cuando el huracán aúlle, ¿acaso me quedaré en mi habitación, estática y cálida, tratando de dormir, tranquilo y acobardado?

San Juan, 10 de abril de 2000

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