Soy geólogo, pero estos sucesos no pueden ser explicados por la ciencia.
Había notado que la humanidad estaba algo más taciturna. Todos se comportaban como si siguieran la inercia de sus actividades anteriores. Se dejaban llevar por el acontecer, sumidos en profundos pensamientos, como drogados, tratando de entender, tal vez, una nueva situación que apenas era percibida. Eso digo ahora, en ese momento no tenía idea de que estaba pasando.
Fue mientras tomaba muestras de agua de los pozos que los paisanos del paraje de San Miguel, en la desértica Lavalle, utilizaban para beber. En ese momento me hallaba sentado en una vereda de la escuela, donde me habían cedido un aula para estirar mi colchoneta y evitar allí la furia de los jejenes. Mientras me fumaba tranquilo un cigarrillo, una de las niñas del lugar, de unos diez u once años, se me acercó y me preguntó sobre el trabajo que estaba realizando. El hilo de sus meditaciones la llevó a comentarme, luego de muchos minutos de silencio:
– La gente de aquí está rara, muy pensativa. Mi papá hacía muchas cosas durante la tarde, y ahora se queda mirando el sol muy pensativo. Y eso le está pasando a otra gente de aquí también. Usted hace rato que está aquí sentado. Vea, parece que no les importan las cosas como antes.
Mi corazón casi dio un vuelco, por poco, pero navegaba por mansos mares de apatía. Yo había captado el mismo comportamiento en las personas desde hacía un par de meses. Imaginaba que era un estado personal, un acercamiento a sí mismo, o a la locura, pues me parecía como si el mundo se estuviese deteniendo. Pero la afirmación de la niña me confirmaba que algo sucedía. La gente se desapasionaba. Dejaba de sorprenderse, de conmoverse. Se veía lánguida, distraída.
Cuando regresé a mi casa, en lugar de realizar el informe correspondiente al relevamiento de los pozos de agua y llevar las muestras al laboratorio, simplemente opté por dejar todo e ir a acampar a Uspallata. Tal vez para pensar, tal vez para aceptar lo que estaba ocurriendo.
Entré en relación allí, en el camping, con unas chicas italianas que ya hacía unos meses que recorrían América Latina. Las acompañaba un chileno que conocieron en Bolivia, en donde hacía bastante tiempo que residía. El español de las italianas era bastante fluido y nos entreteníamos despreocupadamente, entre cervezas y fasos, aunque continuamente nos abstraíamos en nuestras cavilaciones.
Por instantes, me extraviaba fascinado con la mirada iluminada de una de las italianas. Sentía como si el cielo se abriera en medio de una tormenta y el sol me iluminara directamente. Ojos dorados, como la ventana de una casa calentada por un hogar acogedor, anhelada desde afuera, en medio del frío que llega acompañando a las primeras estrellas de la noche. Me miraba y me invitaba a pasar y yo sólo permanecía estático y encantado, con una sonrisa en la cara.
El chileno me hablaba de la antigüedad y la sabiduría de la cultura Tiahuanaco. Y en ese momento vimos la luz en el horizonte.
Sin sorprendernos la contemplamos. Brillaba como una explosión nuclear, otro sol, una estrella caída. Sus colores me recordaron los ojos de la italiana.
Entonces unas sombras azuladas comenzaron a elevarse en el horizonte. Eran montañas nuevas que surgían, magnánimas, aunque ese cataclismo no producía ningún temblor bajo nuestros pies. Los montes surgían cada vez más cerca, altísimos. Les grité a todos que nos mantuviésemos cerca de los pinos y los eucaliptos. Sus raíces profundas impedirían que nos cayéramos en una grieta cuando alguna montaña se elevara ante nosotros.
Y pasó. El suelo empezó a moverse. Gigantescos trozos de terreno se deslizaron y se elevaron con gran rapidez mientras rotaban y truncaban. Los árboles eran mecidos con ferocidad y, junto a aquella italiana de ojos de sol, nos aferrábamos a uno de ellos. Varias veces estuvimos a punto de perdernos, pero lográbamos mantenernos asidos, con su cuerpo pegado al mío. Perdimos de vista a las demás personas, devoradas tal vez por el terreno indiferente. La montaña se elevó y creció, enorme y franca con nosotros en su cumbre, mirando desde lo alto el nuevo paisaje que se estaba formando.
Ahora estamos juntos en una tierra nueva, más grande. Miramos con una nueva luz en los ojos, con nuestras mentes despejadas. Juntos y listos para forjar unos nuevos lazos que nos unan en nuestra tierra nueva y refundar, como padres, una nueva humanidad.
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
martes, 17 de mayo de 2011
jueves, 17 de febrero de 2011
El otro lado del río
En la galería hay silencio. Los vidrios sucios de los grandes ventanales que flanquean, como en formación militar, todo el salón a mi izquierda, son atravesados por la luz de la límpida mañana que llega muy turbia hasta el piso polvoriento. Es un amplio y vacío caserón. Aun trata de mantenerse en pie entre las ruinas de un pueblo que dejó de tener vida hace ya cincuenta años o más. Tal vez trescientos.
Nos acercamos al final de la galería; unas hermosas puertas de madera labrada por el artista y por la carcoma yacen tumbadas allí, en el ancho balcón al que daban acceso; ante la bella vista de un río oscuro y revuelto, cercado a ambos lados por barrancas cubiertas por la maleza.
Hemos discutido durante horas con mis dos compañeros. El primero, un hombre valiente, de aspecto distinguido, enhiesto, atrevido, de serenos ojos claros y elegante bigotito, pretende que crucemos el río. Todos sabemos que el río no se puede cruzar. Está guardado por los antiguos habitantes de este pueblo. Cualquiera que lo haya intentado ha perdido el alma en las aguas turbulentas.
El tiempo se desliza y ya ha llegado la tarde. Mi otro compañero, un hombre joven y fornido, volverá atrás. Tiene miedo. Yo también lo tengo. A pesar de la mirada inquisitiva y apremiante del primero, el segundo sólo anuncia con gesto velado: “Esas aguas dividen a los valientes de los prudentes”. Dando media vuelta, huye. Y yo lo sigo.
Corriendo salimos del caserón dejando atrás al intrépido. Recorremos un callejón que serpentea entre viejos edificios de barro derretidos por la intemperie y el abandono; tierra donde trepa y germina, briosa, la maleza salvaje. El camino acaba en un alto muro devastado, obstaculizado por los restos destrozados de las dovelas del arco de entrada. Mi compañero lo traspone de un salto. De pronto vemos aparecer de la espesura lindante a tres jóvenes vestidas a la antigua usanza: amplios faldones y corsés. Todas ellas llevan guantes y ojos suaves en sus rostros pálidos. Afables y silenciosas se acercan. Mi compañero detiene su huida y las observa pasmado. Con la presteza que otorga el miedo, me apresuré a encontrar un hueco en el muro donde esconderme, agazapado. Desde allí veo a mi compañero conversando con placidez con dos de ellas mientras cruzan nuevamente el derruido murallón con dirección hacia la casona. La tercera se dirige sin titubeos hacia donde yo me encuentro oculto. El ánima me sonríe, me saluda. El eco de su risa luminosa me invita a salir. Me dice su nombre mientras la acompaño hacia el río y me enamoro de ella.
Me cuenta sus secretos íntimos, su historia. Vivía aquí cuando el pueblo fue devastado por gentes extrañas que llegaron atravesando el río. Ahora lo custodian porque temen que el horror regrese. Mi espíritu se acongoja ante su recuerdo. Ruega mi ayuda, mi compañía, promete que cuidará de mí si me quedo con ella. Juntos nos acercamos al río por un sendero alejado del caserón mientras la brisa fresca augura las horas de la penumbra. Me oculta entre los matorrales que crecen en la orilla y se aleja. Estoy a salvo si no me descubren. Desde allí veo las luces fatuas revolotear entre los cañaverales y emerger de entre las aguas. Una multitud de fríos espectros entonan oraciones reunidos en una pequeña playa frente al gran balcón de la casona. Me estremezco. Mi piel se eriza y mis labios helados vibran con sus cantos. ¿Donde estás princesa, que me has conducido hasta aquí y me has abandonado? Veo a mis dos compañeros. El intrépido se lanza al agua esquivando las figuras fantasmales y se afana en nadar hacia el otro lado. El segundo sólo se une cordialmente a los espectros. Así lo hacen algunos que llegan para ayudarlos, me había explicado ella.
Estoy agazapado en la fosca a unos cien metros de la playita donde las fulgurantes apariciones se han reunido. La oscuridad es casi total pero puedo observar que el río se encuentra más calmo frente a mí. Podría salvarlo, nadie me vería. En silencio y reparando en todo momento en la sobrecogedora comunidad, me sumerjo en las aguas y comienzo a nadar lentamente. La corriente es glacial y más rápida de lo que me parecía, pero logro alcanzar la otra orilla y me ayudo a salir sujetándome de algunas raíces lastimeras. Me quedo unos instantes en cuclillas con los huesos dolorosamente entumecidos, mis manos rígidas en el ardor del frío. Veo salir de detrás de la arboleda la luna blanca, que tiñe de azulado a las construcciones de enfrente. Me estremezco. Mis ojos aciertan con la mirada triste de la muchacha que he amado desde que la vi. No debí haber cruzado. De mi primer compañero no veo rastros. Mi segundo compañero se hunde lánguidamente en las aguas con el resto de las ánimas. Entre ellos desaparece mi amada.
Recorro un camino abandonado que trepa hacia una colina boscosa. Entre los árboles descubro un claro habitado por los restos de un antiguo campamento militar. Veo picas vencidas cuyas banderas fueron arrastradas en jirones por vientos acérrimos ya nadie recuerda cuando.
Me tumbo en el suelo entre las ruinas y lloro desconsoladamente.
Nos acercamos al final de la galería; unas hermosas puertas de madera labrada por el artista y por la carcoma yacen tumbadas allí, en el ancho balcón al que daban acceso; ante la bella vista de un río oscuro y revuelto, cercado a ambos lados por barrancas cubiertas por la maleza.
Hemos discutido durante horas con mis dos compañeros. El primero, un hombre valiente, de aspecto distinguido, enhiesto, atrevido, de serenos ojos claros y elegante bigotito, pretende que crucemos el río. Todos sabemos que el río no se puede cruzar. Está guardado por los antiguos habitantes de este pueblo. Cualquiera que lo haya intentado ha perdido el alma en las aguas turbulentas.
El tiempo se desliza y ya ha llegado la tarde. Mi otro compañero, un hombre joven y fornido, volverá atrás. Tiene miedo. Yo también lo tengo. A pesar de la mirada inquisitiva y apremiante del primero, el segundo sólo anuncia con gesto velado: “Esas aguas dividen a los valientes de los prudentes”. Dando media vuelta, huye. Y yo lo sigo.
Corriendo salimos del caserón dejando atrás al intrépido. Recorremos un callejón que serpentea entre viejos edificios de barro derretidos por la intemperie y el abandono; tierra donde trepa y germina, briosa, la maleza salvaje. El camino acaba en un alto muro devastado, obstaculizado por los restos destrozados de las dovelas del arco de entrada. Mi compañero lo traspone de un salto. De pronto vemos aparecer de la espesura lindante a tres jóvenes vestidas a la antigua usanza: amplios faldones y corsés. Todas ellas llevan guantes y ojos suaves en sus rostros pálidos. Afables y silenciosas se acercan. Mi compañero detiene su huida y las observa pasmado. Con la presteza que otorga el miedo, me apresuré a encontrar un hueco en el muro donde esconderme, agazapado. Desde allí veo a mi compañero conversando con placidez con dos de ellas mientras cruzan nuevamente el derruido murallón con dirección hacia la casona. La tercera se dirige sin titubeos hacia donde yo me encuentro oculto. El ánima me sonríe, me saluda. El eco de su risa luminosa me invita a salir. Me dice su nombre mientras la acompaño hacia el río y me enamoro de ella.
Me cuenta sus secretos íntimos, su historia. Vivía aquí cuando el pueblo fue devastado por gentes extrañas que llegaron atravesando el río. Ahora lo custodian porque temen que el horror regrese. Mi espíritu se acongoja ante su recuerdo. Ruega mi ayuda, mi compañía, promete que cuidará de mí si me quedo con ella. Juntos nos acercamos al río por un sendero alejado del caserón mientras la brisa fresca augura las horas de la penumbra. Me oculta entre los matorrales que crecen en la orilla y se aleja. Estoy a salvo si no me descubren. Desde allí veo las luces fatuas revolotear entre los cañaverales y emerger de entre las aguas. Una multitud de fríos espectros entonan oraciones reunidos en una pequeña playa frente al gran balcón de la casona. Me estremezco. Mi piel se eriza y mis labios helados vibran con sus cantos. ¿Donde estás princesa, que me has conducido hasta aquí y me has abandonado? Veo a mis dos compañeros. El intrépido se lanza al agua esquivando las figuras fantasmales y se afana en nadar hacia el otro lado. El segundo sólo se une cordialmente a los espectros. Así lo hacen algunos que llegan para ayudarlos, me había explicado ella.
Estoy agazapado en la fosca a unos cien metros de la playita donde las fulgurantes apariciones se han reunido. La oscuridad es casi total pero puedo observar que el río se encuentra más calmo frente a mí. Podría salvarlo, nadie me vería. En silencio y reparando en todo momento en la sobrecogedora comunidad, me sumerjo en las aguas y comienzo a nadar lentamente. La corriente es glacial y más rápida de lo que me parecía, pero logro alcanzar la otra orilla y me ayudo a salir sujetándome de algunas raíces lastimeras. Me quedo unos instantes en cuclillas con los huesos dolorosamente entumecidos, mis manos rígidas en el ardor del frío. Veo salir de detrás de la arboleda la luna blanca, que tiñe de azulado a las construcciones de enfrente. Me estremezco. Mis ojos aciertan con la mirada triste de la muchacha que he amado desde que la vi. No debí haber cruzado. De mi primer compañero no veo rastros. Mi segundo compañero se hunde lánguidamente en las aguas con el resto de las ánimas. Entre ellos desaparece mi amada.
Recorro un camino abandonado que trepa hacia una colina boscosa. Entre los árboles descubro un claro habitado por los restos de un antiguo campamento militar. Veo picas vencidas cuyas banderas fueron arrastradas en jirones por vientos acérrimos ya nadie recuerda cuando.
Me tumbo en el suelo entre las ruinas y lloro desconsoladamente.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)